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Carlos D. Pérez
SIETE LUNAS DE SANGRE


chapter 8

Ni bien llegado al castillo, Ujváry János comienza a corretear por los pasillos. Apenas un adolescente, su edad habría sido indescifrable para quien se interesara por él; antes que eso es notable su rara fealdad, mezcla de gnomo y monstruo.

Dado que lo encontrado en el feudo de la Señora le pertenece, quizá por cerrada sumisión o por malicia, el pastor que lo tuviera a su cuidado decide entregarlo en Csejthe. La Condesa pide verlo y sin sorpresa lo descubre deambulando con una mueca de imbécil felicidad. El pastor, llamado Ujváry, relata lo siguiente: lo ha criado y le dio su nombre luego de recibirlo de manos de un viajero. Alguna vez que fueran a la taberna, éste le confió que un misterioso carruaje había llegado cierta noche a un poblado cercano a Presburgo, llevando una mujer que nadie pudo ver, pues de inmediato se alojó en la posada con fuerte vigilancia. Allí entregó un recién nacido a una mujer, quien debía amamantarlo a cambio de buena paga. Pasado un año y siguiendo instrucciones, esta mujer había solicitado al viajero llevarse al niño con la misión de dejarlo en custodia del que aceptara hacerse cargo de la crianza, por la que recibiría dinero con periodicidad. Hasta que el viajero no volvió y el pastor lo llevó al castillo.

the serpent's compass

La Condesa escucha impasible el relato y pregunta qué más se sabe de la historia. Eso era todo.

La celebración del casamiento duró un mes, según la costumbre de la nobleza húngara. La joven pareja hacía frecuentes apariciones, participando distraídamente de los banquetes y danzas y en algún imprevisto momento volvían a los aposentos. Familiares e invitados elogiaban la feliz consumación, augurando una prolífica descendencia.

No obstante, los encuentros íntimos con Ferencz eran para Erzsébet un torbellino en cuyo centro estaban los ojos cerrados que ella escrutaba con una avidez que fue cediendo ante la desesperación. Quizá entonces su carácter comenzó a templarse, dejando ver de sí una severidad distante, a veces matizada por aprendidas reglas de cortesía.

Pasados los festejos, Ferencz recibe la noticia de embates turcos al sur de la Hungría Real y decide aprestar la hueste feudal, según el contrato por el que los vasallos prestan incondicional servicio como miles -soldados- a cambio de las tierras que disponen. Si bien la conformación de huestes había sido, en su inicio, fuente de honor y beneficios, el paso del tiempo las convirtió en un aplastante peso para los vasallos. No obstante, el acendrado sentido de la nobleza de Ferencz Nádasdy lo lleva a mantener la usanza original, infundiendo en los habitantes del feudo el orgullo de salir al combate a las órdenes del Señor.

Con sus noveles quince años Erzsébet decide, una vez ausente el marido, recorrer los dominios de Csejthe y manda ensillar el mejor de los caballos. Desciende, lentamente, la empinada ladera, hasta que la aridez comienza a dar paso a la vegetación, que en la aldea próxima al valle ya es tupida. Hábil jinete, tensa la rienda y clava los talones en las ingles del brioso animal, que responde lanzándose al galope por el campo abierto. Siguiendo una senda cruza los cultivos de vid, aquí o allá tachonados por amarillos trigales, hasta internarse en la móvil transparencia de un bosque de abedules.

En un momento escucha el golpe seco, potente, de un hacha. Al aproximarse divisa a un joven leñador que suspende la tarea y permanece erguido.

-Señora...

-¿Me conoces, leñador?

En Erzsébet puede más la curiosidad adolescente que su nueva condición.

-Más que ignorante sería de no saber que usted es la Condesa. Aún comentan en la aldea los fastos con que celebraron vuestra boda con el Señor Negro, como solemos decirle al esposo de usted en honor a su juvenil bravura con el turco.

-Enterado estás, pero por vuestro modo advierto que no sólo las noticias del castillo te son conocidas, también la compostura en el hablar. ¿Es que has servido al Señor?

-No es mi caso pero mi padre, siempre severo en la educación, ha estado por años al servicio del Rey. En lo que me concierne, amo demasiado el bosque para cambiarlo por la obligada devoción a la realeza.

La atrevida desenvoltura del joven inquieta a Erzsébet, acostumbrada a la obsecuencia de los lacayos. Pero más que eso, la turba que no deje de mirarla inquisidoramente a los ojos. ¿Qué clase de siervo es éste que no baja la vista ante su presencia?

-Sin embargo, mi noble condición no altera tu porte. No parezco distinta a ese árbol al que dedicas tanta energía -dice Erzsébet, a sabiendas que se vuelve provocativa.

-Nada de eso, Señora. Tan sólo yo soy el mismo y me felicito de poder destinarte estas palabras, que pocas salen de mi boca en el feliz desamparo del bosque.

-¿Vives solo?

-Así es. Mi familia sirve al Rey, junto a mi padre, en Viena. Allí aprendí de los mejores antes de elegir esta libertad.

-Prosigue con lo tuyo, que habré de regresar al castillo antes que caiga la tarde -dice Erzsébet espoleando el caballo.

-Adiós, mi Señora, ha sido un honor.

Sin tiempo de enterarse, la decisión tomada por un certero impulso la voltea de la montura en el primer recodo. El leñador llega de inmediato, a la carrera.

-¿Qué ha pasado? ¿Acaso te has lastimado?

-Me acompañaba el eco de tus palabras cuando me sorprendió la senda quebrada. Estoy bien, no te preocupes, tan sólo se ha torcido mi tobillo.

-Deja que lo examine...

El leñador procede con firme delicadeza, quitando el calzado de Erzsébet.

-No parece más que un golpe. Pero si permites la osadía, nunca he visto pie tan delicado, habituado como estoy a la descalza rudeza de las aldeanas.

-Leñador... ¿O debo decirte...?

-Me llaman Ficzkó, Señora -contesta el joven, mientras masajea el tobillo tumefacto-. ¿Qué puedo hacer por tí?

-Mirarme a los ojos, que el pie se recupera.

-Con tu licencia -replica él, levantando la vista.

-Que ya era tuya. Recibo la muda elocuencia de tus ojos. ¿Qué ven?

-Una inquietud que no ríe, pero tampoco me rechaza.

-Soy lo que observa. Sólo eso.

-Diría que mucho más, mi pequeña Señora, pero no contradigo esa razón. Anhelo abarcar el espejo de esa mirada y abrazar su fuente en el tiempo de tu cuerpo.

-¿Tienes preguntas para hacerme?

-Ninguna.

-Acaben las palabras, que la imaginación está encendida de luz.

Sin quitar los ojos de los del leñador, las manos de Erzsébet buscan, decididas, hasta encontrar. El resto es un ardoroso silencio.

Meses más tarde, la tía Klára advierte que el vientre de Erzsébet comienza a tornarse globoso.

-¿Llega el primer vástago Nádasdy o, como una oscura sospecha me dicta, ha mediado un infeliz desatino?

-¿Porqué infeliz?

-Aceptado. Con poco afirmas la presunción y me colocas en mi lugar. Feliz de ti si no te inmutas, pero has de saber que nadie admitiría el fruto de esa infiel felicidad.

-¿Qué me sugieres? A tus consejos estoy atenta.

-Viajar ambas a mi residencia en Presburgo, parir allí el niño y luego desprenderse de él.

-No toleraría dar muerte al fruto de la intensa vida.

-Marchemos cuanto antes, aprovechando que tu esposo está aún ausente, y ya tendremos tiempo de pensar alternativas.

Fugazmente pero con meridiana claridad, estas escenas pasan por la memoria de Erzsébet mientras observa el contrahecho deambular del niño.

"Sea éste el destino, que devuelve a mi puerta lo que no debí renunciar. Ignorante por siempre de su origen y su futuro, que la idiocia de este hijo no lo separe de la pasión que le dio el ser. Será mi lacayo", decide Erzsébet.

Llama a Dorkó y le imparte instrucciones para que viva en el castillo. Su nombre, en adelante, será Ficzkó. No obstante la determinación, Erzsébet no deja de preocuparse; se le ocurre que Darvulia tendrá algo para decirle y la hace llamar.

La bruja pregunta con detalle acerca del encuentro con el leñador.

-Me has dicho, querida Señora, de tu inquietud porque el niño sea como es, por lo tanto debo preguntarte: ¿Cómo sabes que el padre era quien parecía ser?

-No hay dudas.

-Sin embargo... Por mi boca sabes del modo en que Ördög me iniciara en el bosque. ¿No has pensado que sin dificultad pudo cobrar la apariencia de un apuesto leñador?

-No era sólo apostura. En sus modales reconocí la educación aristocrática.

-Lucifer es el mayor aristócrata.

-Fue único en no desviar la vista. Sus ojos me perforaron aún antes y mejor que el sexo.

-Con eso pones la rúbrica. Sólo Él, cuando habita un cuerpo humano, es capaz de tal penetración. Él, que ha participado de lo más alto y lo más bajo, tiene el privilegio de encender un altivo y profundo resplandor que cautiva o espanta, difícil de soportar. Y tú, mi Señora, saliste en su busca ni bien tu esposo partió a la lidia. A su encuentro me guió un duende, a ti la desazón. Ten por segura la presencia de Ördög.

-Reanudamos una discrepancia, fijemos nuestras posiciones para aprovechar los resultados sin caer en la inútil discusión. No es asunto mío creer en tales maravillas, no las necesito como sí necesité a ese leñador real que sostuvo mi desasosiego con su mirada.

-Acuerdo contigo en lo estéril del debate, dejemos eso a los monjes, aturdidos en la procura de una verdad que los libros les darían antes que la vida. Pero me has convocado para que opine sobre este ser al que conferiste el nombre del padre. Digo que en él encuentro la evidencia de Ördög. La unión de un joven y apuesto leñador con la flor de tu naciente adolescencia, habría tenido por resultado el más hermoso y convencional de los hijos. Distingo, en cambio, la descendencia humana de Satán en seres que los cristianos llaman monstruos y les dedican igual repudio que al demonio. Esa gente imagina criaturas infernales: cornudos, bicéfalos, con pezuñas, garras, rabo, escamas o plumas, que son producto de calenturas que no abandonan sus cabezas. En una palabra: lo que se aparte de la norma canónica es tenido por diabólico. ¡Y vaya si tienen razón! Son los primeros en reconocer el extenso dominio satánico.

-Verdaderamente estimo lo que dices, Darvulia, y si hubiera en mí disposición hacia los dioses oscuros con seguridad encontraría un aliciente en tus dichos, que elevan a mi Ficzkó a un honor más alto que el que me confieren llamándome Condesa. Más aún, admito la validez de tus argumentos, para los que carezco de respuesta. Escucho con atención tu punto de vista y por ello te hice venir a mi presencia. Si como bruja piensas que este ser, monstruoso para la cristiandad, es obra de Ördög, bienvenido sea. Confirma mi sospecha de que al sostener la mirada en el éxtasis ingresé al dominio de lo extraordinario al que tú, vieja sabia, le das variados nombres. Que los demás vean con espanto o repulsión a mi querido, para el que mis ojos tendrán por siempre un eco del fulgor que le dio origen.

-Señora, os admiro.

-Gracias, Darvulia. Como siempre, has sido para mí de gran ayuda.


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